NTE
S★★★★★Incantation#1036

Zankou

“Ojo del delirio”

DañoDPS principalDaño prolongadoAtaque de seguimiento

Conocido por todos como el "capitán menos capitán" de DTE-4.

HP14.234
ATK577
DEF834
Zankou
Lugar habitual
/
Cumpleaños
13 de noviembre
Desbloqueo (nivel del adventurer)
4
Despertares máximos
6

Stats máximos

Valores a nivel 80 con ascensión completa

HP

14.234

ATK

577

DEF

834

Dossier

Información

Zankou rara vez habla de los días previos a su ingreso en La Letra Escarlata. Para ella, una época tan oscura no valía la pena recordarla. Todo comenzó con un experimento descuidado y secreto. Una chica solitaria y desconocida fue tratada como un receptáculo para cultivar una habilidad Esper. Y los investigadores, junto con esas élites codiciosas y voraces, la consideraban un sacrificio sin valor en el camino a la grandeza. Dolor inimaginable, soledad, mutilación, renacimiento… esos tormentos grotescos y repulsivos ocurrían todos los días. Una y otra vez llegaba al borde de la muerte, solo para que la arrastraran de vuelta al mundo de los vivos. Hasta que, en una amarga ironía, ocurrió un milagro de verdad: su habilidad Esper estalló y convirtió aquella mazmorra pecaminosa en un océano de sangre. Nadie sobrevivió salvo ella. La primera en encontrarla entre las ruinas fue una noble filántropa de corazón puro. Llevó a aquella chica de vuelta a los jardines, como si estuviera trasplantando una flor silvestre indomable. Para su deleite, esa flor salvaje, nacida entre la inmundicia y el lodo, ya había sido templada por completo, justo a su gusto. Así, la flor conocida como "Belladona roja" echó raíces en la tierra de La Letra Escarlata, e Inanna obtuvo a su leal hija adoptiva: su daga más afilada. Sin embargo, Inanna no sabía que la "correa" de su hija ya empezaba a romperse. Zankou ocultó su propia habilidad Esper y solo abría ese ojo inquietante desde las sombras, con la esperanza de asomarse al corazón de su nueva familia. Quienes intentaban intimidarla, ganarse su favor, hacerse sus amigos o incluso acercarse por mera curiosidad no tardaban en ser arrastrados a un lodazal sin fondo, donde la realidad y la ilusión se desdibujaban. Empezaban a dudar de lo verdadero y lo falso, y poco a poco se transformaban en cascarones sin alma, juguetes para que Zankou los manejara como marionetas. "Todos tienen una llama ardiendo en el corazón." Para Zankou, los rostros de la gente no eran más que monocromos, pero las llamas rojo brillante de sus almas nunca dejaban de arder. El fuego de cada persona era distinto: algunos eran feroces, otros tenues, otros oscuros, otros carmesí… A sus ojos, la mayoría eran totalmente corrientes. Los pocos que merecían una segunda mirada solo servían como juguetes pasajeros. Solo cuando veía esas llamas consumirse al borde del colapso, exhalando copo tras copo una ceniza desesperanzada, mostraba un atisbo de deleite, como si por fin estuviera contemplando una obra maestra. Pero en este mundo frío y monótono, salpicado de incontables destellos lúgubres, siempre había un alma distinta… Al principio era un blanco cegador; después se volvió un tono que aún no había visto en ningún otro lugar: un color indescriptible. "Qué hermoso… No puedo apartar la mirada."

Escarlata cegadora

La humanidad siempre ha compartido una misma curiosidad y arrogancia ante lo desconocido. Del asombro al miedo, de tantearlo a intentar apropiárselo, hasta que la chispa llamada "conquista" prende por completo la mecha de la codicia… Esa es la actitud de algunos ante la existencia conocida como habilidad Esper. Cultos, sociedades académicas, laboratorios privados, organizaciones secretas… Impulsados por la codicia y el fanatismo, se congregan como hienas que han olido sangre. Están dispuestos a pagar cualquier precio e ignorar todo límite y tabú con tal de alcanzar los milagros que puede obrar una habilidad Esper… o de apoderarse de la propia habilidad Esper. En cierta isla pequeña existía una sociedad secreta llamada "Picaojo". Sus miembros profesaban una doctrina aberrante: las habilidades Esper eran dones otorgados por seres misteriosos, y esos dones bendecirían a los afortunados nacidos con ojos especiales. Por eso recorrían distintos lugares en busca de candidatos aptos, a quienes trataban como "recipientes" capaces de despertar una habilidad Esper. Los encerraban en una mazmorra y, cada día, les bañaban los ojos con un potente preparado secreto. Creían que así podían estimular el despertar de la habilidad Esper y que, si se trasplantaban aquellos ojos, podrían adueñarse de su poder. Los primeros recuerdos de Zankou se remontaban a aquella mazmorra absurda y cruel. La niña tenía unos ojos tan hermosos como gemas. Todo el que la conocía terminaba mirándola a los ojos, aunque ella no entendía por qué: al no percibir los colores, solo veía una masa gris y blanca. Menos aún comprendía hasta dónde podía llegar la maldad humana cuando la impulsaban la codicia y la ignorancia. Desde que los miembros de Picaojo la secuestraron por sus ojos, toda su existencia se redujo a lo mismo: cada día le ataban las extremidades, le forzaban los párpados para mantenerlos abiertos y, temblando, veía cómo un líquido turbio, abrasador y acre caía en sus ojos. Después, mientras un dolor lacerante la atravesaba, escuchaba las perversas plegarias que resonaban a su alrededor. Día tras día, aquellos ebrios de codicia ponían en práctica su teoría sin importarles lo absurda que fuera. Pero, irónicamente, bajo esa tortura inhumana Zankou acabó despertando de verdad la habilidad Esper que habitaba en sus ojos. Cuando la llevaron al lugar del ritual en el que se los extraerían, los miembros de la sociedad comenzaron a discutir sobre quién se quedaría con ellos. Uno tras otro revelaron las identidades que ocultaban: dignatarios, comerciantes adinerados, integrantes de familias ilustres… Sus voces se volvieron un murmullo confuso y distante. Entre la bruma de la anestesia, Zankou vio el primer color más allá del blanco y negro. Era cálido y deslumbrante: brotaba de las llamas de las almas, surgía de las heridas abiertas por la matanza y se extendía hasta formar un pantano escarlata que la rodeaba… Aquel día, la ilusión del "Ojo del delirio" envolvió toda la isla. Los criminales, consumidos por la desconfianza y la rivalidad, se masacraron unos a otros dentro de la alucinación hasta que no quedó nadie con vida.

Araña y flores

En el charco de sangre, Zankou vio un rojo de una belleza estremecedora. La mujer de rojo se acercó a ella con paso firme, mientras que el eco de sus tacones altos rebotaba por los muros de la mazmorra vacía. Entonces el taconeo se detuvo, dejando paso a unas palabras aterciopeladas: "Déjame ver tu rostro, mi pobre pequeño pétalo. Desde hoy, La Letra Escarlata es tu hogar." Hogar… ¿qué era eso? La mujer frente a ella le prometía a la niña algo que no podía comprender: un "hogar". Aunque la niña no entendía el significado de sus palabras, sí podía sentir que su voz y su contacto eran más suaves que cualquier cosa que hubiera conocido. "Puedes llamarme… Madre." Zankou miró con recelo a la mujer alta y delgada que tenía delante. Bajo su mirada amable se ocultaba una sonrisa indescifrable. El fuego de su alma era de un rojo brillante, tan resplandeciente como la ropa que llevaba, y sus llamas codiciosas danzaban y se alzaban ante los ojos de la niña, casi quemándola viva. Aun así, respondió por voluntad propia con una sola palabra: "Madre."

Buscando flores

En el jardín de La Letra Escarlata se cultivaban muchas flores. La amorosa Inanna las cuidaba, bañándolas con dulce rocío y podando sus ramas. A las flores que más le agradaban incluso les concedía nombres nuevos: "Belladona roja" era uno de ellos. Pero Zankou sabía que Madre no amaba las flores. Solo disfrutaba de estar en el centro del jardín. Dentro de la mansión de La Letra Escarlata, Inanna ya no ocultaba su verdadera naturaleza. La filántropa generosa y sentimental no era más que una actuación para el mundo exterior. En su corazón no había más que la frialdad y la codicia de una comerciante, junto con la arrogancia cada vez mayor que conllevaba pertenecer a la élite. Era como una torre carmesí que se alzaba imponente, proyectando una sombra aterradora sobre el jardín. Inanna siempre había gobernado a sus hijas con favores y con miedo, y el adiestramiento y los castigos corporales que le imponía a Zankou eran especialmente crueles. Pero a Zankou no le importaba. Su tiempo en la mazmorra la había vuelto insensible al dolor desde hacía mucho. Incluso después de soportar tormentos, seguía ofreciéndole su lealtad a Madre y cumplía cada tarea que Madre le asignaba. Y cuando Madre manipulaba a sus otras hijas y jugaba con sus destinos, Zankou, al contemplarlo todo, sentía que ella también podía encontrar cierta diversión en el jardín. El "Ojo del delirio" podía percibir las emociones y también saborearlas. La dulzura sangrienta del miedo, el dolor agrio de la desesperación, el filo del odio… las emociones de sus hermanas se convirtieron en el alimento que sostenía a Zankou. Poco a poco, Zankou llegó a entender el pasatiempo de Madre. Sus ojos anómalos siempre buscaban las almas de colores más brillantes, como si admiraran y arrancaran flores. Siempre que dulces sollozos resonaban por la mansión durante la noche y la llama de un alma temblaba sin descanso, Zankou iba gustosa hacia esa flor frágil, le ofrecía consuelo y luego la controlaba, la saboreaba y la desechaba. Bajo sus palabras y su mirada, aquellas hermanitas inestables eran salvadas. Pero ese placer no estaba destinado a durar. Las mentes de las muchachas pronto se desgastaban de tanto mirar fijamente el "Ojo del delirio" hasta dejarlas convertidas en cascarones rotos que Zankou podía dominar. El color de sus almas también se apagaba, como flores que se marchitan hasta volverse algo seco y opaco. Pero no importaba. El jardín de La Letra Escarlata era vasto. Aunque esa flor se marchitara, siempre habría otra.

Hermana, hermana

Entre todas sus hermanas, solo hubo una que lograba que Zankou contuviera sus habilidades cuando sus miradas se cruzaban. Su alma era una llama pura y translúcida, tan clara como la primera luz del alba. Como si contemplara una maravilla, en su primer encuentro dejó escapar… "Qué color tan hermoso…" Pero la chica vestida de blanco llamada Daffodill no lo entendió. Simplemente obedeció las órdenes de su madre adoptiva, se acercó a la puerta del auto, hizo una reverencia y extendió la mano para darle la bienvenida a su nueva hermana pequeña. "Bienvenida a casa, hermana." Zankou alargó la mano hacia ella, con la obsesión y la curiosidad reuniéndose en sus ojos. Sin darse cuenta, una sonrisa feroz estuvo a punto de asomar en el rostro de la muchacha. Como si fuera a arrebatársela a alguien, de pronto apretó con fuerza la mano de aquella chica y la atrajo hacia sí, como si quisiera bañarse en esa llama sagrada… Después de aquel saludo poco convencional, al final les ordenaron convertirse en compañeras, hermanas… familia. Zankou sabía que ella y su hermana no eran iguales, pero ¿y qué? Dos opuestos absolutos, unidos por el destino. En el Jardín de La Letra Escarlata, incontables enredaderas se enroscarían a su alrededor y las atarían hasta que la muerte las separara. Se hundirían en el mismo fango, compartirían el mismo lecho de flores, caminarían hacia el mismo campo de batalla y volverían a la misma tumba. Eran tan cercanas como una familia podía serlo. Día tras día, observaba a Daffodill con su ojo "especial". Como la primera hija adoptada por Inanna, Daffodill era firme, inamovible, rígida: por más dura que fuera la misión, siempre superaba las expectativas de Madre. Cuando se trataba de eliminar a un objetivo, hasta parecía incapaz de sentir… Y, sin embargo, esa misma hermana curaba con ternura sus heridas después de cada misión o castigo. … Pero más tarde, por alguna razón imposible de precisar, Daffodill cambió. Esa determinación y esa indiferencia se convirtieron en vacilación, junto con una melancolía y una confusión cada vez mayores. Desde entonces, esa llama blanca y serena empezó a titilar de vez en cuando. "Así que ella también tiene un lado así." Zankou siguió observando a Daffodill, como si viera a un capullo empezar a abrirse. Si su hermana se debilitaba, antes de que Madre la destruyera y la desechara, ella la convertiría en su posesión más preciada. Con el corazón oprimido, Zankou aguardaba ese día.

Un conejo

"… Hay un conejo en una esquina del patio trasero". "Le di unas hojas de repollo. Se las comió todas y no me mordió…". Zankou escuchó a Daffodill con una sonrisa, pero por dentro sus pensamientos se retorcían. No entendía qué tenía de interesante un conejo. No era más que un animal de laboratorio gris con un par de ojos rojos. Tampoco entendía por qué un conejo podía hacer que su hermana mostrara una expresión tan… vulnerable. Pero durante los meses siguientes, cada vez que llegaba la hora de ir al patio trasero para recibir un castigo, Daffodill miraba al conejo a escondidas, y Zankou la observaba a ella. Incluso mientras sufría, la mirada de su hermana se suavizaba. A veces, Zankou pensaba que tal vez Madre nunca habría permitido que semejante ternura apareciera en sus ojos. Hasta que un día, en ese rincón tan conocido, Daffodill no encontró más que el cadáver del conejo. Permaneció en silencio todo el día y se encerró en su cuarto antes siquiera de que anocheciera. Zankou llamó a la puerta durante mucho tiempo antes de que se abriera lentamente para ella. La mirada vacía de su hermana permanecía clavada en el suelo; su alma temblaba sin sostén como una llama humeante en el viento. Zankou percibió el regusto amargo del dolor; nunca antes había saboreado en su hermana una emoción tan nítida y vacilante. Extendió la mano con cautela y fue acercando despacio a su hermana abatida. La sintió dudar un instante, y luego, como si hubiera soltado todo, apoyó el rostro en el hombro de Zankou sin la más mínima resistencia. En el momento en que su calor se mezcló, Zankou dejó escapar un suspiro satisfecho en lo más hondo de sí. Incluso llegó a agradecer la muerte del conejo. "Tal vez, cuando Hermana recuerde el cadáver de ese conejo, sospeche que yo lo hice". Muchas noches, tras la deserción de su hermana, Zankou pensaba en aquel conejo muerto. Pero su hermana nunca se lo preguntaría, y ella tampoco lo sacaría a relucir. Ni siquiera sabía cuándo volvería a verla. Pero no sentía ningún arrepentimiento, porque sabía que, al final de la historia, una moriría a manos de la otra. Cuando una de las dos estuviera dando su último aliento, tal vez sacar ese tema sería una despedida apropiada. "Hermana, de verdad yo no maté a ese conejo".

Mirada mortal

Zankou y Daffodill fueron alguna vez las dos espadas más afiladas de La Letra Escarlata. La mancha de los pecados que compartían era tan profunda como el vacío en sus corazones. Prueba tras prueba, misión tras misión, fueron apartando obstáculos para Madre, convirtiéndose en dos armas cada vez más útiles en sus manos. A Zankou nunca le importó ser un arma. En cada breve pausa, solo observaba a Daffodill. Como arma, conocía cada obstáculo que Madre necesitaba remover. Pero como persona, Daffodill era la única a la que conocía. Después de cada misión, Daffodill se paraba frente al espejo, perdida en sus pensamientos mientras vendaba sus heridas. Y cada vez, Zankou saboreaba en silencio esa figura cansada y melancólica —marcada por cicatrices, exhausta y aun así hermosa— y luego, como siempre, recurría a su habilidad Esper y a un abrazo cariñoso para aliviar las dudas de su hermana. Al final, esas dudas tuvieron consecuencias. Durante una misión, justo cuando debía asestar el golpe final sobre el objetivo, Daffodill miró el objetivo que le suplicaba y no pudo atacar. Zankou vio temblar su mano, y también vio la intención asesina escondida bajo aquella súplica de clemencia. Un pensamiento peligroso cruzó su mente. En un instante, el frío destello de un arma oculta se dirigió hacia su hermana. Zankou se interpuso a propósito, recibió el golpe que ya había anticipado y luego, completamente complacida, remató al enemigo traicionero… La sangre brotó de una herida no letal: era un dolor que podía soportar. Jadeando, Zankou levantó la vista hacia su hermana, que había cometido un error. Vio cómo la mano con la que Daffodill sostenía el cuchillo temblaba y perdía fuerza, y oyó pasos apresurados y una disculpa temblorosa. "Por fin, te volviste tan débil como ellas." Zankou contempló la llama blanca que se agitaba con violencia ante ella y pensó en silencio. Incontables veces había imaginado dejar de contener su habilidad Esper: usar sus ojos para ver sin restricciones hasta lo más profundo de su hermana, arrastrarla a una ilusión solo para las dos, derribar sus defensas, torcer sus gustos e incluso alterar sus recuerdos, convertirla en el juguete de Zankou antes de que terminara por hundirse en una vida común, sentimental y aburrida. Pero, en realidad, sí se había contenido. Aun tenue y vacilante, esa llama blanca seguía cautivándola. Ya no quería desgastarla. Como una cazadora que se niega a disparar contra una presa perfecta, ansiaba conservarla intacta.

Un nuevo matiz

Zankou recordaba cuándo cambió su hermana, y lo confiada, descuidada e ingenua que había sido antes. Fue en una de las subastas de Inanna. Daffodill, encargada de la seguridad, se había salido de su papel y, tras desaparecer brevemente, regresó con aspecto demacrado. Se cubría el ojo izquierdo y le restó importancia a todo el incidente, llamándolo un "accidente". Ver el rostro de su hermana herido hasta ese punto hizo que Zankou estallara de rabia; tanto, que en las siguientes misiones sus métodos fueron mucho más brutales de lo habitual. Durante meses, Daffodill llevó un parche en el ojo. Para consolarla, Zankou hasta mandó hacerse uno para ella —completamente inútil, claro—, y cuando lo sacó para presumirlo, su hermana solo pudo soltar una risa sobresaltada. Zankou ni una sola vez se preguntó qué ocultaba exactamente ese parche de Daffodill. Una noche lluviosa, vio a Inanna tendida en un charco de sangre, y a Daffodill, la Esper que se había quitado el parche y empuñaba una hoja. La sangre de Madre había teñido el cuello de su hermana de un carmesí vivo. Y aquella llama… aquella llama de un blanco puro se había extinguido por completo. Se había convertido en algo totalmente distinto a todo lo anterior, distinto a cualquier otra persona: un color de pureza sublime que Zankou jamás había percibido en su vida. Zankou trató de comprender el caos ante sus ojos. Demasiadas preguntas chocaban unas con otras en su mente. No entendía por qué su hermana las había traicionado, no entendía de dónde había salido el poder de Esper de su hermana, y no entendía siquiera qué significaba aquella extraña llama. En cuanto a Daffodill… simplemente se quedó ahí, inmóvil, como una niña paralizada por el miedo, ahogada por la vergüenza. Su hermana huyó en silencio, y aquella estela de luz desapareció más allá de los setos del Jardín de La Letra Escarlata. Zankou apenas logró llamarla; su madre seguía tendida a un lado, olvidada en un charco de sangre. Todos los pensamientos de Zankou —y su mirada— siguieron sin descanso la figura de su hermana alejándose. Pasó un tiempo imposible de medir antes de que por fin pronunciara unas pocas palabras, las mismas que le había dicho a su hermana incontables veces antes: "Qué color tan hermoso…"

Reencuentro predestinado

Madre sobrevivió al intento de Daffodill de acabar con su vida. Despertó, se recuperó de sus heridas y mantuvo su imagen de siempre, como si no hubiera pasado nada. Zankou no se sorprendió. Daffodill dominaba el arte del asesinato, pero alguien como Madre no era alguien a quien se pudiera tomar a la ligera. Seguía interpretando el papel de aquella filántropa elegante e imperturbable, como si la traición de Daffodill no la hubiera afectado en lo más mínimo. Aun así, Zankou sí percibió ese cambio sutil. Antes, las emociones de Madre siempre habían sido estables y frías, hasta el punto de rozar la arrogancia absoluta. Pero, después del intento de asesinato, se volvió desconfiada y pasó a cargar de forma constante con esa inquietud tan propia de quienes ocupan posiciones de poder… La torre escarlata de sus recuerdos ya se había derrumbado, pero a Zankou ya no le importaban esas frivolidades. Ahora mismo, su único deseo era arrastrar de vuelta por el cuello a esa mujer que se le había escapado de entre los dedos… Con el tiempo, Madre llevó a casa a otra "Hermana pequeña". Había empezado a favorecer a las niñas cuya vulnerabilidad la hacía sentirse poderosa, y la chica llamada Poinsette era una de ellas. Al principio, Zankou solo la vio como otra flor más en el jardín. Pero, inesperadamente, descubrió un lado interesante en ese capullo recién llegado. Precoz y talentosa, ese pequeño capullo no iba a permitir que el favoritismo ni el tormento de Madre la convirtieran en una flor marchita. En lugar de eso, se volvió una mala hierba resistente, buscando cualquier forma de escapar del jardín de La Letra Escarlata. Al ver a través de su actuación, la curiosidad de Zankou creció aún más, y tomó la iniciativa de tentar a Madre para que promoviera a Poinsette, de modo que desde entonces sirviera al lado de Inanna. Ese pequeño capullo, ahora convertido en mala hierba, notó las intenciones de Zankou y no tuvo más remedio que seguirle el juego con obediencia… Aunque ese juego entre las dos entretuvo a Zankou durante un tiempo, no pudo llenar el vacío que dejó la ausencia de Daffodill. Zankou jamás encontró a nadie cuya alma pudiera compararse con la de ella, y por eso su anhelo crecía día tras día… Al fin, tras una investigación larga y minuciosa, encontró el rastro de Daffodill: una tienda de antigüedades destartalada en Hethereau, un cuchitril totalmente indigno de ella. Por suerte, el siguiente objetivo de Inanna también estaba en Hethereau, así que Zankou aceptó la misión con gusto y fue a investigar. Día tras día, se disfrazó de distintos transeúntes y pasó incontables veces frente a la puerta de Eibon, hasta que por fin se topó con el rostro que llevaba tanto tiempo esperando ver. Reprimiendo una sonrisa, se deslizó hacia un callejón oscuro, se llevó una mano al pecho y sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza, salvajemente, como un tambor. "Esta vez, no volverás a escapar de mí, Hermana."