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Chiz está de pie, vestida de forma impecable y profesional, en la recepción reluciente de un banco.
Chiz camina por las esquinas donde no llega la luz de los postes y las aguas servidas se acumulan bajo las grietas de la vereda.
"Chiz, Chiz, ¿a dónde vas?"
En cuanto Chiz aprendió a correr sin tropezarse, tuvo que salir de casa para ayudar a sus hermanos mayores a buscar comida afuera. Pan brillante envuelto en plástico… Chiz solo lo vio una vez. Casi siempre, lo único que encontraba eran verduras silvestres y hongos. Cuando hasta eso se acababa, no quedaba más remedio que cazar "Apocha". Así llamaban a las Anomalías comestibles. Pero los Apocha eran peligrosos; terminar con heridas era algo de todos los días, y las medicinas eran todavía más difíciles de conseguir que la comida. Y además estaba ese dicho: "Si comes demasiados Apocha, te vas a volver un Esper". Los Espers, al igual que las Anomalías, eran forasteros a los que había que echar; porque, como las Anomalías, los Espers atacan. Después de la cena, Chiz miraba a su madre acunar a su hermanita recién nacida; darle palmaditas, calmarla, cantarle bajito. Chiz se acordaba de cuando era pequeña, tan pequeña que el mundo entero no era más grande que el abrazo de su madre; su madre también la acunaba, la calmaba, le cantaba.
"Chiz, Chiz, crece rápido".
Más rápido, más rápido. Chiz apretó la palma contra la herida sangrante de su cuello, mirando de reojo al Apocha que la seguía de cerca. Corrió todo lo que pudo, lejos de casa. Cada vez más lejos. Hasta que ya no le dieron las fuerzas. Chiz se tropezó con una piedra y cayó con fuerza al suelo. El Apocha había desaparecido en algún punto del camino. No tenía fuerzas para levantarse, así que se quedó tirada ahí, mordisqueando la comida que había encontrado. Solo podía comer un poco. El resto tenía que regresar a casa. Su familia la estaba esperando. Tenía que volver… Chiz no recordaba cómo consiguió regresar. Pero de algún modo, volvió a casa con la comida… y con una nueva habilidad. Tal vez, como decían las historias, había comido demasiados Apocha. La última noche que pasó en casa, usó su nueva habilidad esper para hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales para sus hermanos menores. Recordaba sus ojos brillantes, sus pequeños suspiros; se peleaban por ver quién podía jugar con su hermana mayor mágica.
Al día siguiente, su madre llevó a Chiz hasta la orilla. Un barco se la llevaría lejos de casa, rumbo a un mundo nuevo. Incluso cuando la silueta de su madre desapareció por completo, tragada por el horizonte, Chiz todavía podía oír a alguien llamarla en la brisa salada del mar.
"Chiz, Chiz, tú debes…"
Chiz vive en el corazón de Hethereau. Incluso de noche, todo el Distrito de Nueva Herland resplandece de luces. Chiz apaga todas las luces de la casa y se recarga en la ventana, mirando el flujo de autos afuera. En su tierra natal, las noches eran de un silencio mortal. La luz no significaba faroles ni luna; la luz significaba peligro. Podía ser el señuelo de una Anomalía. Podían ser Espers peligrosos y sus armas.
Chiz se queda en la oscuridad de su cuarto, mientras afuera de su ventana centellea un mundo lleno de brillos. Se abraza a sí misma, imitando de memoria a su madre, tarareando en voz baja una melodía que aún conserva su calor.
"Chiz, Chiz, tienes que ser feliz".
Viejas heridas y vendajes
"El mundo de afuera es peligroso". Chiz aprendió eso cuando la comida dejó de aparecer sola sobre la mesa de su casa. A veces, sus hermanos mayores salían y nunca regresaban. Y ahora Chiz había llegado a la misma edad. Era su turno de salir.
La cantidad de heridas en su cuerpo crecía más rápido que su estatura. La primera herida fue en el brazo izquierdo, causada por el arañazo que le dejó una rama mientras intentaba huir de una Anomalía. La segunda fue en el pie derecho; pisó una trampa mientras se metía por el camino equivocado en el bosque. La tercera fue en el muslo izquierdo, donde un Apocha la mordió antes de convertirse en la cena de su familia… Algunas heridas sanaron y desaparecieron. Otras se volvieron cicatrices. La última herida que le dejó su tierra natal fue en el cuello: una cicatriz que siguió siendo profunda incluso después de cerrar. Al final, igual que sus hermanos, Chiz salió y nunca volvió.
Chiz se subió a un barco que iba quién sabe a dónde; al fin y al cabo, las rutas nunca eran fijas. Chiz tuvo mala suerte: se convirtió en una Esper al final. Pero tuvo la suficiente suerte de que zarpaba un barco justo al día siguiente. Todo el amor de su madre se volvió un fajo delgado de billetes, apretado en las manos del capitán bondadoso. Vete, vete. Quedarte aquí solo traerá más dolor. Chiz empezó a vivir en el barco con otros de su tierra. Algunos eran Espers como ella. Otros eran gente común que ya no aguantaba más la carga de quedarse. Pero nunca llegaron a conectarse de verdad, ni siquiera estando tan cerca unos de otros. Un día, dos días, tres días… Un mes, dos meses… Luego perdió la cuenta. La gente subía y bajaba. El buen capitán la llevó a una ciudad limpia y segura. Chiz casi se mareó de estar en tierra firme.
Chiz llegó a su nuevo hogar. Aquí había ropa bonita y una cama caliente. La comida deliciosa aparecía, casi como por arte de magia, en la mesa. Sentada calladita en un rincón, escuchando a escondidas, se enteró de que ese era el orfanato de la familia Dvořák. Chiz quería a los Dvořák. Quería al orfanato. Hizo nuevos amigos ahí, y todos los días llevaban la misma ropa y comían la misma comida.
"¿Por qué no te lavas las manos?", le preguntó una amiga a Chiz una noche después de cenar. "Tienes que mantenerte limpia. Si no, vas a molestar a las cuidadoras".
Asustada, Chiz escondió las manos manchadas de salsa detrás de la espalda. Por fin se dio cuenta de que, aunque llevaran la misma ropa y comieran la misma comida, seguían siendo diferentes. Ella era un ratoncito que había flotado a la deriva tanto tiempo antes que la dejaran en esta orilla. "¡Los ratones son los más sucios de todos!", decían los libros ilustrados. Claro, su amiga era amable. Llevó a Chiz al baño y la ayudó a quitarse la salsa de las manos. Chiz estaba muy agradecida.
"Tienes que lavarte las manos. Si no, a la gente no le vas a gustar".
Chiz era inteligente. Se acordó de eso. Desde entonces, se lavó las manos hasta dejarlas impecables todos los días. Tres enjabonadas. Sin hacer trampa. Se limpiaba bien entre los dedos y debajo de las uñas. Se lavaba antes de dormir, al despertar, antes de comer, después de comer, antes de jugar con los juguetes, después de jugar con los juguetes… Con el tiempo, al igual que aquellas viejas heridas, las manos de Chiz terminaron envueltas en vendajes. Las cuidadoras le advirtieron que no podía seguir lavándose las manos tan seguido. Sus amigas también se preocupaban; le soplaban suave en las manos y le preguntaban si le dolía. Chiz les sonreía a todas; no duele, les prometía y les decía que se acordaría.
Pasó mucho más tiempo. Incluso después de que todas las heridas de sus manos sanaron, Chiz siguió con la costumbre de llevar vendajes.
Fons y cartas a casa
En una época en la que los pagos digitales están en todos lados, Chiichan todavía insiste en retirar su sueldo del banco cada mes, cambiarlo por efectivo y dividirlo en un fajo delgado y uno grueso. Toma el fajo delgado y lo cuenta con cuidado. Una vez, dos veces, tres veces. Luego saca algunos billetes de ahí y los pasa al fajo grueso antes de guardar todo en un sobre resistente.
"Esta dirección… No tenemos entrega directa hasta allá". El empleado del correo mira el destino con cierta dificultad.
"E-está bien".
"Con tantos traslados, es muy probable que se pierda en el camino, ¿sabe?"
"…Sí, lo sé".
Chiichan le entrega el sobre al empleado. Sellan el sobre; a cambio, ella recibe un comprobante de envío. Mientras vuelve a casa con el comprobante en la mano, se despliega un mapa poco a poco en su mente. Chiichan miró muchos mapas. En ellos, el lugar donde nació es apenas un puntito. Si saliera desde Hethereau, tendría que hacer un viaje en barco muy, muy largo hasta una ciudad nueva, y luego hacer trasbordo a un tren y viajar por un tiempo muy, muy largo hasta otra ciudad más… Si decidiera volar una parte del trayecto, tendría que soportar un viaje en autobús muy, muy largo… Y cuando por fin termina de trazar la ruta de regreso a casa, tiene que pensar en el costo del viaje y en los ahorros necesarios para que su familia pueda vivir feliz, sin tener que cazar Apocha nunca más. Calcula cuánto puede ahorrar cada mes, cuánto tardará… Para cuando termina todas las cuentas, ya llegó a su casa actual.
Chiichan se detiene frente al buzón junto a la puerta y respira hondo. Cada vez que se muda a un lugar nuevo, lo primero que hace es enviar su nueva dirección a casa. Luego espera. Tal vez hoy llegue una carta…
"Toc, toc". Chiichan da unos golpecitos suaves al buzón. "Toc, toc". Dos golpecitos más.
Es un código secreto entre hermanos: significa "Te encontré". Cuando no podían hablar, se respondían con pequeños golpes suaves.
Chiichan abre el buzón. Dentro no hay nada más que polvo. Así es, todos los meses.
Chiichan cierra el buzón y vuelve a casa con otro comprobante de envío. Tiene una docena de comprobantes idénticos en el cajón de su mesa de noche. Así es, todos los meses.
Chiichan no sabe cuándo recibirá una carta de su casa. Tal vez mañana. Tal vez el próximo mes. Tal vez nunca.
Diarios y pruebas
Chiz lleva un diario. No dejó de escribir desde su primer cuaderno. Anota todo lo que vale la pena recordar, para que, cuando algún día vuelva a ver a su familia, pueda contarles absolutamente todo. Entonces, por fin podrá decir las palabras que estuvo preparando desde hace tanto: "Sí, me estuvo yendo bien aquí".
Pero su diario no son solo palabras: hay etiquetas de envolturas de bolitas de arroz, pétalos de flores que cayeron sobre su hombro, calcomanías de sus compañeros de trabajo. Pruebas de que está bien. Chiz siente que solo registrando las cosas así puede de verdad sentir que hace más que tropezarse dentro de un sueño agradable.
Al principio, las entradas del diario de Chiz eran muy cortas.
"M: XX, D: XX. La comida estuvo rica".
"M: XX, D: XX. La ropa estaba bonita".
"M: XX, D: XX. Las flores olían bien".
No sabía qué más escribir, así que simplemente anotaba con honestidad lo que sentía. Cuando una amiga se enteró, le sugirió: "Si no sabes qué escribir, ¿por qué no intentas dibujar?" Pero Chiz tampoco creía que sus dibujos fueran tan buenos. Seguía preocupada.
Un día, Chiz comió un dulce realmente delicioso. No tuvo corazón para tirar ni siquiera el envoltorio arrugado, así que lo pegó en su diario. El dulce estaba delicioso, y su problema quedó resuelto. Y siguió haciéndolo hasta hoy.
"Aaaay, ¿cómo que ya es tan tarde? ¡Mañana trabajo!"
Chiz cierra su diario a toda prisa. Últimamente, sus entradas son cada vez más largas. Hay cada vez más cosas que vale la pena registrar. Ese rico té con leche hay que escribirlo. Que su jefa la haya felicitado hay que escribirlo. El primer día soleado de primavera, el primer día soleado de verano, el primer día soleado de otoño y la primera nevada del invierno tienen que quedar bien anotados. A Chiz no le gustan los días de lluvia. Solo le gustan los días soleados, porque en los días lluviosos es difícil encontrar comida.
Pero a Chiz le encantan los días de nieve en Hethereau. La nieve es limpia y blanca.
El gato y el ratón
Después de terminar la capacitación básica de empleados, la primera tarea de Chiz en el Banco Pink Paws fue conseguir que un cliente se registrara para una tarjeta.
"Es fácil", dijo Mayu, su mentora, dándole una palmada en el hombro. "Nuestro banco tiene los mejores beneficios de todo Hethereau. Tú puedes".
"Gracias, pero no me hace falta".
"No, gracias".
"Ajá, sí, sí, ajá, sí, entiendo, sí, sí".
Chiz fue juntando decenas de rechazos amables y ninguneadas. El aire acondicionado rugía en la recepción del banco; Chiz también sentía frío por dentro. Se acurrucó en una esquina, pensando en renunciar. Tal vez de verdad no servía para este trabajo. Siempre se le daban mal tantas cosas. Ni siquiera sabía cómo escribir una carta de renuncia.
Seguro que Chiz recordaría para siempre el día en que conoció a Kolinsna. Tenía un hermoso cabello dorado y un vestido rojo deslumbrante. Chiz sintió que estaba viendo a la propia Fons caminando entre mortales. Recordó cómo la había descrito Mayu: "Alguien que se ve como que seguro se anotaría para una tarjeta". Chiz quería quedarse de verdad. Solo tenía que esforzarse un poquito más. Así que reunió valor y se acercó. "H-hola", empezó, "Bienvenida al Banco Pink Paws… ¿Te gustaría registrarte para una tarjeta?"
La chica del vestido rojo y el cabello dorado pareció sobresaltarse. Se quedó mirando a Chiz un buen rato y luego habló. Su voz era preciosa… hasta que empezó a señalarle todos y cada uno de sus defectos: su forma de hablar, su ropa y su aspecto, su postura y hasta el ángulo en el que estaba parada. Chiz sintió miradas clavadas en ella desde todas partes. Ya se le llenaban los ojos de lágrimas. Al final sí que no servía para este trabajo…
"Voy a sacar una tarjeta".
¿Mayu le enseñaría cómo escribir una carta de renuncia?
" ¿Ni siquiera sabes cómo tramitar una tarjeta?"
"Perdón", se disculpó Chiz por reflejo, y luego no dejó de responder que sí, una y otra vez. Antes de que su cerebro alcanzara a reaccionar, ya estaba parada frente a la máquina. De alguna manera, pese a sus torpezas, logró emitir la tarjeta.
"G-gracias por venir". No sabía por qué las cosas habían terminado así, pero el resultado era una maravilla. Después de despedir a la joven noble, Mayu por fin encontró la oportunidad de acercarse. Miró a Chiz, que estaba especialmente contenta por haber conseguido a su primera clienta, con una expresión indescriptible. "Chiz, ¿sabes quién era?"
"¿La señorita de hace un momento?"
"Es la joven señorita de la familia Dvořák".
La sonrisa de Chiz se fue borrando poco a poco. El Banco Pink Paws pertenecía a los Dvořák.
Bajo la mirada llena de lástima de Mayu, Chiz logró tartamudear: "M-Mayu, ¿sabes cómo se escribe una carta de renuncia?"
Reuniones y amistades
Chiz le tiene pánico a los ruidos fuertes. Desde chica le asusta el trueno, pero todo empeoró muchísimo desde que se volvió Esper. Es el precio que paga por sus poderes. El sonido de las máquinas de palomitas de maíz, los fuegos artificiales, incluso el karaoke; cualquier lugar demasiado ruidoso hace que se le dispare el corazón. Solo su casa insonorizada la calma. Por eso, Chiz nunca va a reuniones.
"Chiz, ¿vamos a cenar este fin de semana?"
Mayu la estaba invitando otra vez. Chiz sí quería ir. Le tenía muchísima gratitud a Mayu, la primera persona que fue amable con ella después de entrar al Banco Pink Paws. Y no era solo Mayu; también estaban Haruna, Grace… Todos sus compañeros eran gente increíble. Chiz siempre había querido invitarlos a comer para agradecerles bien. Pero alguien como ella…
"Yo mejor…"
"¿Y si vienes a mi casa? Te voy a presumir mi cocina. Vamos, Chiz, ven, ven".
Si era en una casa, seguramente no sería tan ruidoso…
Al final, Chiz no se negó. Se quedó despierta toda la noche leyendo publicaciones en Bagel, aprendiendo cómo ser una invitada educada. Si no volvía a tener otra oportunidad, tenía que aprovechar bien esta.
"¡Bienvenida! ¡No tenías que traer nada!"
"¿Ya llegó Chiz? ¡Pasa, pasa!"
"E-em… H-hola a todos…"
La casa estaba cálida. Olía a comida casera y se oía la charla de los compañeros de trabajo. Así que así se sentía una reunión. Qué lindo. Justo cuando Chiz se estaba sintiendo feliz en secreto, Grace le pasó una caja.
"¿P-para mí?"
"¡Claro! Ábrela, rápido". Haruna se acercó mucho a Chiz y la apuró para que la abriera.
Chiz desató el moño. Dentro de la caja había un par de tapones para oídos con cancelación de ruido. Eran hermosos. Y rosas.
"Son bonitos, ¿verdad? Los elegimos entre todos".
"Además de ser lindos, son casi inútiles. La cancelación de ruido es súper promedio".
"Pero para nuestra Chiz son perfectos, ¿no?"
Sí, la cancelación de ruido era bastante normalita… Justo lo suficiente para que Chiz pudiera escuchar el sonido de los fuegos artificiales en el cielo, sin asustarse tanto como para taparse los oídos y salir corriendo.